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Retratos

un fanfic de Rurouni Kenshin
por Latin_D

(latin_d@wamcomputers.com.ar)

Rurouni Kenshin y personajes mencionados en este texto son Copyright © del gran Nobuhiro Watsuki, y son usados sin su consentimiento.


Capitulo 1: Sombras


He matado.

Y no una vez, sino cientos de veces, miles, demasiadas para contar; tantas que las caras de mis víctimas se mezclan ya en una sola, la boca abierta en un grito silencioso, los ojos cerrados con fuerza, las palmas de las manos enfrentándome, ofreciéndose.

Es mi naturaleza, mi razón de ser, mi destino. Hay quienes ven en mi una esperanza de cambio; ellos creen que pueden conducirme por el buen camino, moldearme para el bien, limpiar mi esencia.

Tontos, ciegos. ¿No saben que el agua no limpia la sangre, que ningún perfume quitará nunca el vaho de muerte que impregna mi cuerpo? ¿Puede ser un leopardo amaestrado, por más recompensas que se ofrezcan ante sus felinos ojos? No. Mi ser está cubierto de manchas carmesí, aún cuando no las vea.

Y más allá de todo, soy hijo de las sombras.


Las sombras avanzaban densas e inexpugnables sobre la ciudad, convirtiendo a cada casa en una oscura réplica de sí misma, cubriendo en un manto de implacable negritud las calles y callejones, los árboles y el cielo. Sólo unos pocos faroles resistían la implacable invasión, emitiendo tenues resplandores en los gastados caminos de tierra y creando pequeñas áreas de engañosa seguridad en una ciudad plagada de lobos y marcada por la guerra.

Dos transeúntes se abrazaban a éstas mínimas guaridas mientras caminaban por la noche, avanzando con pasos rápidos y nerviosos. Uno de los hombres, sus rasgos serios y su ceño ligeramente fruncido, miraba continuamente por sobre su hombro, echando furtivas miradas hacia los costados, arriba y abajo, queriendo ver todo a la vez y descubriendo que era imposible. Su compañero lucía más calmo, pero bajo la ligera fachada de fría expectativa y la irónica media sonrisa que agraciaba su rostro, la tensión se hacía notar. Sus hombros se hallaban rígidos, su mano derecha apoyada firmemente en el mango de su espada.

Un pájaro voló repentinamente por delante de ellos, asustado por alguna amenaza invisible. El primero de los hombres dio un salto, desenvainando su katana por reflejo.

—¡¿Quién anda ahí?! —gritó, y su voz tembló casi imperceptiblemente. Su arma se movía de lado a lado, siguiendo las inseguras órdenes de su amo. Pequeñas manos asieron la empuñadura con excesiva fuerza, y sus nudillos palidecieron por la presión. Era bajo, y no demasiado fornido, lo que le había ocasionado infinidad de burlas durante su juventud. Si había conseguido entrar en el ejército era por herencia, su apellido, y su velocidad y agilidad superiores, pero muchos aún reían al verlo blandir una espada demasiado grande para él. Lo odiaba.

—Cállate, Hikaru —ordenó su compañero bruscamente, su voz de bajo profunda y cortante—. ¿Quieres despertar a toda la ciudad?

—Tu no entiendes. Kazuo, él está aquí —murmuró Hikaru, su aliento formando efímeras nubes de vapor en el aire frío—. Lo sé.

—Actúas como una mujer —dijo Kazuo, mirando inconscientemente hacia atrás—. Son solo leyendas. Es solo una leyenda, y aun si no lo fuera nosotros dos somos más que suficientes para enviarlo a su tumba. —Lo decía tanto para calmar a su amigo como para aquietar fantasmas propios, pero pareció funcionar. Kazuo era el opuesto en muchos aspectos a su pequeño camarada. Sus brazos, robustos como todo en él, eran afamados por su fuerza bruta y mortal precisión en el manejo de la espada. Su único importante defecto en el arte de la guerra era causado en parte por su gran tamaño: la lentitud podía ser crucial en una batalla. Este era el principal motivo por el que generalmente era acompañado por Hikaru. Juntos, formaban una pareja formidable.

—Tal vez tienes razón... —Hikaru envainó su espada, el sonido de metal contra metal claro en la tranquilidad reinante.

Continuaron avanzando en silencio, sus sentidos alerta. Una pesada nube gris cubrió la de por sí débil luna creciente, y la noche pareció cerrarse a su alrededor. Ya cada farol parecía un faro perdido en un inmenso mar de oscuridad, y ambos permanecían a su amparo el mayor tiempo que su orgullo les permitía, antes de aventurarse nuevamente por las calles hacia el próximo islote de luz.

Y el silencio los seguía, uno tan completo y absoluto que Hikaru creyó en un momento escuchar su propio corazón latiendo al compás del sonido de sus pasos. Era un silencio irreal casi, los ruidos propios de una ciudad dormida ausentes sin razón alguna. ¿Qué causaba esto? se preguntaba Hikaru, mientras su puño se abría y se cerraba contra el mango de su arma. ¿Dónde estaban los pobladores de esa bendita ciudad? ¿Cómo era posible que nadie hubiera cruzado su camino en todo ese tiempo? Pero poco importaba, se tranquilizó. La posada donde se encontraría con sus compañeros estaba cerca; pronto el peligro habría...

Hikaru se detuvo abruptamente, agarrando con fuerza la túnica del gi marrón de Kazuo para obligarlo a detenerse también.

—¡¿Ahora cuál es el problema?! —dijo Kazuo exasperado, por un momento olvidando sus propios consejos y subiendo el tono de voz. Sería la última vez que partiera en una misión con Hikaru, se juró a sí mismo.

Pero algo en los ojos de su compañero lo obligó a tragarse el insulto que tenía preparado. Un súbito rayo de luna le permitió observar la fina capa de sudor que cubría la frente del otro hombre, cada gota una perla que caía hacía la boca, semiabierta en un rictus de horror. Siguió con la vista los ojos de Hikaru, y entonces lo vio: un manchón pardo a su derecha, saliendo de un oscuro callejón. Era difícil distinguirlo, pero Hikaru siempre había tenido una buena vista.

De pronto las sombras parecieron abrirse, regurgitando la forma de un hombre; era bajo y delgado, y por un instante Kazuo se relajó, creyendo que no podía tratarse de un enemigo, o al menos no de uno que merecía su temor. Y luego el extraño levantó la vista, y Kazuo, así como Hikaru, pudo ver sus ojos.

Había muerte en ellos; algo se había pagado en su interior, dejando solo una letal frialdad. Kazuo no pudo reprimir un escalofrío. Vio su cara; él se había equivocado: no era un hombre bajo, ¡sino un mero niño! Conservaba aún los rasgos aniñados propios de la pubertad, la piel suave y libre de arrugas. Solo sus ojos traicionaban su verdadera edad, mostraban las cicatrices de su alma.

Dos espadas estaban ceñidas a su cintura, una corta, casi un puñal, la tradicional katana a su lado, curvándose ligeramente hacia atrás y escondiendo su punta en los dobleces del hakama que vestía el que ahora Kazuo y Hikaru reconocían como un guerrero, un enemigo. Ambos desenfundaron sus katana, las hojas metálicas chirriando contra su funda y destruyendo el irreal silencio.

—¡¿Quién eres?! ¡Da tu nombre, extraño, y dinos por qué motivo vienes a nuestro encuentro, o atacaremos! —gritó Kazuo. Hikaru sin embargo estaba demasiado nervioso como para apoyar las palabras de su fornido aliado.

Pero el joven no respondió; se limitó a dar un paso al frente, y su mano derecha bajó con excruciante lentitud hacia el costado izquierdo de su cuerpo. Cuando sus dedos se cerraron sobre la empuñadura del arma, los miró una vez más, y habló:

—He venido a hacer cumplir la Justicia Divina —suspiró, y las palabras helaron el corazón de ambos soldados.

—¡¿U-un... un asesino?! —gritó Hikaru, hablando finalmente; las palabras se le atragantaron, y su voz estaba cascada por el miedo—. ¿Es posible que tú seas... él? ¿Acaso eres un hitokiri? ¡¿Cómo?! ¡Si eres solo un niño! —Balbuceaba ya, retrocediendo paso a paso en busca de una inexistente seguridad. Se tropezó con sus propio pies y cayó al suelo, pero volvió a incorporarse inmediatamente, como si hubiera rebotado contra un resorte gigantesco.

Era él, Hikaru ya no tenía duda alguna. Lo veía en sus ojos, lo sentía en el aire. El más temido asesino de la guerra los había elegido como sus próximas víctimas, y no había más escapatoria que luchar. Armado con nueva resolución, el pequeño guerrero finalmente dejó de retroceder. Tragó saliva con fuerza, y plantó firmemente las sandalias en la tierra. Pudo ver por el rabillo del ojo que Kazuo se ubicaba lentamente a unos metros hacia su izquierda, también preparándose para la batalla. Esto lo confortó por un segundo, pero luego su enemigo comenzó a moverse nuevamente, y no hubo tiempo para nada más.

—Es inútil resistirse —dijo el joven; había un tono de finalidad en sus palabras.

Escucharon un ligero chasquido cuando liberó el mango de la espada con el pulgar de su mano izquierda, y su aliento se helo en su garganta cuando el asesino llevó su mano derecha a ella y desenvainó con una fluidez nacida en la experiencia. La katana brilló con frialdad al dejar como un relámpago su refugio, y describió un arco perfecto frente a su amo, que la apuntaba con firmeza hacia el suelo y adelante, el filo en diagonal y hacia adentro.

Y entonces atacó.


Yo decido entre la vida y la muerte; yo soy el comienzo y el final, el juez y el jurado, el aire que respiras y el aliento que recorre tu cuerpo.

Si no te has dado cuenta, es porque aún no me has conocido. No me has sentido cerca tuyo, pudiendo quitarte la vida pero no haciéndolo; no has visto como atravesaba el cuerpo de un enemigo, como me cubría de sangre ajena. No has visto mi alegría mientras ejecutaba mi cometido, ni me has escuchado cantar de alegría al comparar mi poder con el de otro contendiente. Porque te aseguro que en ese segundo, no importa quien seas, no dudarás de mi resolución. Y entonces comprenderás cuan transitoria y frágil puede ser la vida.

No te confundas; no soy omnipotente, ni pretendo serlo. Mi única cualidad es ser letal, mi único destino el de servir. Una palabra puede detenerme, un gesto, una orden. Soy solo una herramienta, un intermediario. Pero mi falta de conciencia, mi dependencia y esta ciega lealtad que nubla mi libre albedrío es mi más grande ventaja; mis enemigos no conocen la clemencia, y nunca dudo en cumplir mis órdenes.

Por eso, no seas mi enemigo.


Cubrió la distancia que los separaba en un pestañeo, las puntas de sus pies flotando sobre el empedrado con una velocidad casi sobrenatural. Kazuo y Hikaru soltaron pequeños gemidos de sorpresa, y solo atinaron a mantener su guardia y separarse aún más en aquel instante de incertidumbre. Entonces el joven guerrero pareció tomar una decisión y, girando a media carrera hacia la izquierda, avanzó sobre Hikaru, la katana amenazadora y letal en su mano derecha.

Hikaru utilizó toda su velocidad para quitarse del camino, saltando hacia atrás un segundo antes de que la espada del hitokiri cortara el aire en el lugar que su estómago había ocupado. Trajo su propia arma al frente y desesperadamente trató de bloquear los ataques que siguieron. Una, dos, tres estocadas que hubieran sido mortales fueron esquivadas o desviados con certeras defensas.

Y entonces cometió un pequeño error, y el cuarto corte alcanzó su brazo derecho, cortando la carne con aterradora sencillez y mordiendo el hueso. Hikaru gritó entonces, un alarido lleno de miedo y dolor. Pero su oponente no pareció escucharlo, y el quinto ataque trajo silencio de nuevo a la noche. Sólo la sangre fluyendo sobre la fría piedra producía sonido alguno cuando el asesino giró, enfrentando su nuevo enemigo.

Kazuo se hallaba petrificado en el lugar que había ocupado cuando el ataque comenzó. No había tenido tiempo de actuar, no había podido siquiera seguir los ataques de su atacante.

No había podido ayudar a su amigo, su compañero, mientras era asesinado a sangre fría.

Su cara se torcía por la rabia y el miedo, sus manos temblaban al compás de la ira que aceleraba su corazón. Lo mataría, pensó, conseguiría venganza. ¡Esa bestia habría de morir esa noche, y su espada adornaría la lápida de Hikaru!

—Ríndete. No hay nada que puedas hacer —dijo suavemente el hitokiri, su rostro inmutable. Con un corte de su muñeca limpió su katana, la sangre desprendiéndose del duro acero y salpicando su hakama.

—¡Muere! —bramó Kazuo, lanzándose al ataque. Levantó su espada, listo para lanzar la estocada que cortaría al medio a su oponente. Pero éste desapareció repentinamente, y su arma chocó impotente contra el suelo—. ¡¿Cómo...?! —Miró a los costados, y solamente vio el cadáver de Hikaru, frío y rígido, la boca abierta en un rictus de indescriptible dolor. Y entonces sintió algo en el aire, y levantó la vista.

Allí en lo alto, montado en una leve ráfaga, tan alto como nunca hubiera imaginado un ser humano podría saltar, estaba el joven hitokiri. Gritó algo, el nombre de una técnica quizás, pero Kazuo no lo escuchó por sobre el latido de su propio corazón. Vio la espada bajar, trazando una extraña figura en el aire... Centímetro a centímetro el filo de la espada se aproximó a su cuerpo, lento a los ojos de Kazuo, dolorosamente lento.

Trató de moverse, pero su cuerpo parecía tallado en piedra, y sus grandes manos parecieron rehusarce a obedecer sus órdenes. Sólo sus ojos parecían funcionar correctamente, y no perdían detalle del ataque.

Vio más que sintió el acero tocando la piel de su brazo, cortando la carne y rebanando el hueso. La katana siguió su camino, entrando por el pecho y cortando pulmones, costillas y carne como si no estuvieran allí. No sintió dolor, solo una avasallaste sensación de cansancio, que lo instaba a cerrar los ojos. Un raro sabor amargo en la boca de su garganta, y sangre fluyendo tibia de su boca, un pequeño riacho de espeso rojo; un agudo dolor en el pecho, apaciguado por ese sopor que se adueñaba de su ser; una última visión de un niño empuñando una larga y afilada espada, cubierta de sangre, su sangre; unos ojos fríos y una cara sin marcas, aún inocente.

Y entonces, nada más.

Un nuevo corte con la muñeca limpió la espada, y el hitokiri lanzó una breve mirada al cuerpo que yacía a sus pies. Entonces dio media vuelta y, envainando su katana, se dirigió hacia el callejón del cual había surgido hacía ya una eternidad. Una nube cubrió la luna, y las sombras parecieron crecer repentinamente, bailando al son de la vacilante luz de los faroles.

La oscuridad se cerró en torno al pequeño hombre, y la noche siguió su curso.

 

Fin del capítulo


Notas del autor:

Este es el primer fanfiction que he escrito en castellano, o, al menos, el primer capítulo de mi primer historia. Espero que lo hayan disfrutado tanto como yo el haberlo escrito, y ya que recién he comenzado a escribir en este idioma, y aún tengo mucho por pulir, me gustaría saber que opinión les merece.

Si tienen tiempo, mándenme un e-mail con críticas, comentarios, o hasta un simple "¡Hola!" Les estaré infinitamente agradecido, y prometo responder tan pronto como me sea posible. En caso de que actualice ese u otro fic escrito por mí en el futuro, pueden encontrar la última versión el La Biblioteca Perdida de Phantasia (http://phantasiaca.tripod.com/), un archivo que mantengo junto con el gran Larry F.

Ah, y si alguien se está preguntando, Retratos no se basará en Kenshin, ni mucho menos. Si quieren saber la verdad, el que habla entre escena y escena tampoco es Kenshin. Para saber más, lean el segundo capítulo, que publicaré... Bueno, depende en cómo sea recibido este, creo. ;)

Gracias por haber leído hasta aquí abajo. Hasta pronto,

Latin_D

 
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Ultima actualización:  16/12/01