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Adiós a la Inocencia

un fanfic de Rurouni Kenshin
por Tin Mandigma

traducido al español por Azur

Rurouni Kenshin y personajes mencionados en este texto son Copyright © Nobuhiro Watsuki.


La vi, de pie, sus brazos abiertos, abrazando los cielos, el viento, las arremolinadas partículas de tierra que bailaban a su alrededor como hojas de otoño. Su cuerpo tenía un porte de elegancia, sus manos extendidas hacia el cielo... hacia el cielo...

Cierro mis ojos y siento al viento rozar mi rostro como un murmullo sin sentido. Si trato lo suficiente, si deseo lo suficiente, puedo escuchar sonidos de plata, como las notas de dulces melodías... su risa. Y por un momento, me acarició, conmovió la chispa dentro de mí. Un sentimiento que había perdido mucho tiempo atrás, cuando arranqué mi alma de mi cuerpo y se la di a ella. Y la vi romperse en mil pedazos cuando ella murió. Cuando yo morí.

Abro mis ojos y su risa lentamente se aleja de mí hasta que todos los recuerdos son solo los susurros incansables del viento, y el sonido de las olas rompiendo contra las ásperas rocas.

E increíblemente, todo era un vasto silencio, un insondable abismo de soledad y sueños rotos. Y un corazón vacío.

Sonreí amargamente.

Caminé hacia ella y gentilmente alcancé a tomar sus manos que aún intentaban llegar al cielo. Su piel se sentía suave y delicada, y suplicante ante mi contacto. Cuando se inclinó hacia atrás, apoyándose contra mí, pude casi pretender que ella y yo estábamos por comenzar el viaje de nuestra vida, juntos; dos mitades de una misma alma, encontrándose para celebrar nuestros nacimientos. Mientras nuestras manos unidas se elevan para alcanzar el rostro de los dioses.

Casi reí.

Y entonces ella giró su cabeza lentamente para mirarme, con sus hermosos ojos azules, claros, vibrantes, relucientes...

Vacíos. Apagados. Muertos.

Mi risa me sofoca. Cada vez que veo sus ojos. Revivo su muerte. Y la mía. Lentamente libero sus manos y las acaricio bajando por sus aún extendidos brazos antes de enredarlos en su cintura. Escondo mi rostro en su cuello y me deleito con la suave esencia de su piel mezclada con la salinidad de mis lágrimas. Hoy no habrá comienzos. No habrá segundas oportunidades.

Solamente la realización de un destino.

Y el final de un viaje.


Debí haberlo visto venir, pero nunca fui conocido por mi previsión de las cosas. Solo por mi aparentemente remarcable habilidad de cargar el pasado conmigo, y llevarlo hacia el futuro. Para obsesionar, para exigir, para destruir.

Y ese día, otro fantasma vino a espantarme con recuentos de maldad, y enredados deseos de venganza. Recuerdos que otra vez traté de combatir con palabras de paz, perdón, amor. Sentimientos que he conocido con ella. Sentimientos que quise compartir con otros. Si solo me hubieran dado la oportunidad.

Algunas veces me encontré a mí mismo preguntándome si los sentimientos eran suficientes como para espantar la oscuridad. Y de alguna manera supe que el momento llegaría cuando la respuesta a esa pregunta fuera un "no".

Cuando las palabras han perdido el poder de sanar, de asegurar, de confortar. Cuando los recuerdos se han convertido en realidades, y las realidades se han convertido en verdades. Oh, sí... llegaría el momento.

Pero no esperaba que fuera tan pronto.

Pude sentir la sangre comenzando a brotar lentamente de la cicatriz de mi mejilla, pinchándome dolorosamente la piel al hacer contacto con el sudor. Respirando pesadamente, traté de mantenerme de pie, pero me sentía tan débil. Mi mano lastimada colgaba sin vida de mi brazo. La observé insensiblemente y supe que estaba rota. Sacudiendo mi cabeza suavemente, me forcé a mí mismo a tomar la empuñadura de mi espada, en la posición en que me habían enseñado en mi niñez, tratando de ignorar el dolor atormentante que se disparó hacia mi cerebro ante tan simple acción.

En mi cuerpo, mi respiración quedo sin sentido cuando algo duro fue arrojado contra mi estómago. Colapse hacia el piso, gimiendo de dolor, maldiciéndome por mi debilidad, por mi derrota. En el trasfondo, pude escuchar voces, gritando, llorando, y supe que era ella, sus voces, sus llantos, sus gritos, todo mezclado en una misma convergencia de sonidos. De desesperación. De necesidad.

Me moví para ponerme de pie, y recibí una imagen que golpeo mi cabeza. Una vez más, volví a sentir. Y ella me estaba llamando, ella estaba diciendo... ¿Qué estaba diciendo? Mis ojos se abrieron de par en par, envuelto en pánico. No podía escucharla. ¡No podía escucharla!

Fue entonces cuando la vi.

Ella estaba corriendo hacia mí, sus brazos extendidos, su boca apenas abierta emitiendo un grito silencioso. Si al menos pudiera juntar fuerzas para acercarme, para alcanzarla y traerla conmigo, para escuchar al menos sus suplicas sin voz.

De repente, la imagen de un brazo de metal deslizándose entre nosotros como si fuera una barrera, vislumbraron mis ojos. Abrí mi boca para gritar, pero todo lo que conseguí fue emitir un gemido de terror. No. Aléjate. No.

Sus ojos azules encontraron los míos con una profundidad amenazadora, y el tiempo pareció detenerse cuando esa barrera se movió, balanceándose de regreso y golpeándola brutalmente.

Ella continuó mirándome, sus ojos parpadeando, suavizándose en una sonrisa...

Y entonces ella estaba cayendo a través del aire, mezclándose su blanca piel con el azul de sus ojos y el aroma de jazmines en una distorsionada imagen; sus brazos colgaban hacia atrás como si un abrazo le hubiese sido arrebatado.

Un abrazo el cual encontró con la crueldad incomparable de la dureza y frialdad de las rocas.

Observé con horror como los colores se mezclaron con intencionada maldad en un sólido matiz rojo. Rojo de muerte. Rojo de silencio.

Su voz no la pude escuchar más, solo una risa, una voz burlona en mi oído...

La has perdido...

Supongo que para ese entonces ya me habría vuelto completamente loco. Tal vez sí, si se puede llamar loco a alguien cuya visión ha sido empañada por el rojo de la sangre, cuyos oídos han dejado de escuchar todo menos el golpe del acero contra la carne, cuyas palabras no son más que las de odio, cuyas manos solo actúan para matar.

Así que yo debí destruir.

Y lo hice. Una y otra y otra vez... Reí al escuchar los ruegos desesperados, los tortuosos llantos, los aullidos de dolor.

Un grito final, escapando de un cuerpo agonizante, como un último intento de vivir.

Otra vez silencio.

Mas tarde, cuando mi espada cayó finalmente de mi mano sin vida, cuando la respiración volvió para rescatar mi cuerpo, entendí que ese último grito fue el mío.

Yo estaba muriendo.

La observé a ella, yaciendo en el suelo, tan inmóvil, con sus ojos muy abiertos, observando...

Allí fue cuando supe que yo había muerto.


No volveré a empuñar una espada nunca más en mi vida, murmuró una voz amable y llorosa en la oscuridad que había nublado para siempre mi caminar.

No respondí. En realidad no me importaba. No más. La espada era mi pasado. Pero ella era mi presente, mi futuro, mi eternidad. El único significado que le quedaba a mi vida.

Observé con ansiedad a la muchacha que dormía tan profundamente frente a mí; su cabello negro cubriendo la tenue blancura de su almohada como si fuera las alas del cuervo, sus mejillas desprovistas de color. Y sus ojos cerrados. Cerrados.

Me estiré y acaricié un perdido mechón de su cabello, el cual caía sobre su rostro. Temblé al principio, pero cuando mi mano hizo contacto con su sedosa y suave piel, sentí una profunda sensación de seguridad que llenó mi ser.

Lo que más me importa ahora es que aún puedo tocarla, acariciarla, tenerla. De alguna manera, la sensación de su mano en la mía me dio mas fuerza que la que mil espadas me pudo dar alguna vez.

Si solo despertara...


He sido perseguido por tantos demonios en mi vida, pero ni siquiera una vez traté de alejarlos de mí. Temía que si trataba de enfrentarlos, de pelear contra ellos, de destruirlos, sería tragado completo por la oscuridad. Y de alguna forma había llegado a la aterradora conclusión de que todo ese tiempo yo había sido mi propio demonio. Mi propio temor. Mi propia maldad.

Y ahora sé que lo soy. Y me pregunto por qué siempre he tratado de esconderme de mí mismo.

Porque llegó ella. Respondí en silencio. Ella supo. Entendió. Amó. Abrazó la oscuridad junto a mí. Y de alguna manera me mostró el camino para escapar.

Solo los dioses saben que preferiría permanecer en la oscuridad para siempre si solo pudiera regresarla a ella a la luz.

Las lágrimas resbalaron por mi mejilla con lentitud agonizante, trazando su propio camino hasta alcanzar la de ella. Ella continuaba inmóvil, pálida, fría, serena. Lloré mientras la observaba, rogando que ese pequeño toque de humanidad que me quedaba, pudiera de alguna forma ser suficiente como para despertarla.

Y que de mi debilidad ella pudiera obtener fuerza.

Te amo. Susurré de forma ronca. Te amo. Te amo.

Cerré mis ojos, y enterré mi rostro en la palma de su mano abierta. Repitiendo las palabras una y otra y otra vez. Las palabras a las cuales deseaba poder darle sentido. Y creer en ellas totalmente. Porque sabía que eran verdad.

Te amo.

Algo suave cubrió mi rostro, secando mis lágrimas, como si suavemente rozara mis pestañas, y tuve la sensación de que buscaba acabar con mi desesperación.

Y me liberó.

Lentamente, miré hacia arriba y me vi a mi mismo reflejado en estanques puros y cristalinos; escuché un gentil susurro cerca de mi oído, sentí la caricia de una mano de seda sobre mi mejilla izquierda.

Los milagros existían, después de todo.

Y con cada milagro llega un nuevo comienzo.

Simplemente, nunca no me di cuenta que para nosotros, era el comienzo del fin.


Todo comenzó tan simplemente. Tan inocentemente, como la bruma deslizándose detrás de las sombras del atardecer, para emerger con las débiles luces de la mañana. Nosotros estábamos satisfechos, confiados, tranquilos. ¿Pero entonces, quién lo hubiera pensado?

Ella estaba sanando rápidamente, la herida en su cabeza estaba siendo tratada cuidadosamente por Megumi. La cuidé y observé constantemente, incapaz de dejar de estar a su lado por siquiera un momento. Sano me dijo que yo la estaba consintiendo, que yo mismo debía estar descansando porque yo también tenía heridas. No lo escuché. No podía. Ella estaba primero que yo. Siempre. Especialmente ahora, después de lo que había sucedido. Mi mente se cerraba cada vez que yo pensaba en eso, solo vagos recuerdos revoloteaban en el paisaje de mis memorias diciéndome que no era una horrible pesadilla, sino que era la realidad. Pero eso era todo. Yo estaba contento. No quería recordar. Era un fantasma al que me gustaba pensar que había exorcizado cuando ella abrió sus ojos y me sonrió. Ahora más que nunca, debía vivir el presente.

O eso fue lo que yo creí.

Comenzó durante la primera semana de su convalecencia, cuando Megumi finalmente declaró que ella estaba en condiciones como para abandonar la cama. Tuvimos una celebración esa noche, repleta de comida y bebidas y risas. Yo estaba estáticamente feliz. Me senté a su lado durante toda la noche, sosteniendo su mano en la mía. Me sentía embriagado. La sensación de estar con ella, viva y respirando a mi lado, elevando mis sentidos. Llenándome con una sensación de total y profunda satisfacción. El futuro se parecía desenvolver ante nosotros como un tentador abanico de promesas para ser cumplidas, y de deseos que nunca me atreví a imaginar completamente. Fuimos tan felices, esa noche...

No duró.

Al principio, ella comenzó olvidando donde ponía las cosas: sus sandalias, peines, obis, hasta su cinta de seda favorita. Todos reímos con ella. Yahiko se burlaba de ella diciéndole que realmente se estaba poniendo vieja. Ella había sonreído también, diciendo ligeramente que el golpe recibido en su cabeza la había herido más de lo que ella había pensado.

—Te estas volviendo loca —replicó Yahiko.

Su rostro palideció con eso y yo me acerqué instintivamente a ella, con mi corazón latiendo muy fuerte, y preguntándome que estaría mal. Pero su asustada expresión desapareció abruptamente, y yo me detuve en seco, confundido, pensando que lo más seguro era que yo había imaginado todo. Ella me sonrió, y yo me relajé, regañándome por mi paranoia.

Me olvidé del incidente.

Otra marca más en mi lista de culpas. Siempre he presumido demasiado.

Más adelante, empeoró. Se perdía las citas con sus estudiantes, olvidaba lo que debía comprar en el mercado, salteaba comidas porque no podía recordar las horas, tareas hechas a medias... Una mañana, ella salió rumbo al mercado para comprar comida, y demoró mas de cinco horas. Frenético, fui a la clínica, al Akabeko, a los puestos donde usualmente comprábamos nuestras provisiones, pero ella no estaba allí. Finalmente, la encontré al atardecer, en la casa de un granjero cerca del dojo. El hombre me dijo que la vio vagando por los campos de arroz, llorando, e incapaz de decirle a donde debía ir. Cuando la vi esa noche creí que iba a ponerme a llorar de puro alivio, y por una extraña sensación que después reconocí como la primera señal de pánico. Su kimono estaba sucio en los bordes, manchado con barro y tierra, y tenía algunos rasguños en sus brazos y piernas. Ella me sonrió y se disculpó por haberse perdido. ¡Por haberse perdido! Se había perdido en una calle que había transitado muchísimas veces desde niña. ¡Se había perdido!

La llevé conmigo de vuelta al dojo, y después de asegurarme de que se hubiera bañado, la llevé gentilmente a la cama. Ella había protestado, diciéndome que no armara tanto escándalo, que lo que había sucedido era seguramente un efecto colateral de su "accidente". Ella estaba mejorando. De verdad. Asentí y le sonreí, tratando de convencerme de que eso era todo. No le dije nada a Megumi ni al maestro Genzai, y le dije a Yahiko que ella se había quedado en el Akabeko, como excusa por su retrasado regreso. Ella estaba bien, ella me lo dijo. Y yo le creí, poco dispuesto a encarar otras inquietantes posibilidades, y rechacé los vagos temores que corrían mi mente. Traté de olvidar.

La tragedia de amar a alguien es que te conviertes en un ciego. Te conviertes en un cobarde. Piensas que las segundas oportunidades son inagotables. Y simplemente no sabes cuando detenerte.

Yo la amo. Ella es mi tragedia.


Después de ese día, la normalidad que había tratado de mantener en nuestras vidas con todas mis fuerzas, se hizo añicos como el frágil cristal bajo el calor del sol. Pero ella era valiente. Actuaba como si nada hubiese sucedido, pero no tanto para ella, lo sabía, sino para mi propio beneficio. Dios, fui tan egoísta. Y por ese egoísmo y mi asombrosa capacidad de autodesilusionarme, la había forzado a esconder su dolor de mí, así yo podría protegerme. No a ella. Pero, en nuestros corazones, a pesar de los pretextos, las negaciones, las sonrisas forzadas, ambos sabíamos que todo estaba perdido.

Yahiko, llorando, me confesó que ella le había enseñado las técnicas de sucesión mientras, dijo ella, aún pudiera sostener una espada y saber como usarla. Traté de consolarlo todo lo que pude pero sabía que ese consuelo era inútil, porque era en forma de promesas sin sentido y susurradas fantasías que nunca podrían ser. Yahiko lo sabía. Ella lo sabía. Y que yo también enfrentara esa verdad, era solo cuestión de tiempo.

Y el tiempo es un cruel instigador. No se detiene. Te persigue constantemente. Y parece doblar su velocidad cuando está cerca de su deleitante final.

El punto culminante, para mí, llegó cuando la encontré una mañana mirando fijamente en el espacio, sus labios murmuraban sin sonido, y sus ojos estaban vidriosos. La tomé fuertemente por los hombros, sacudiéndola violentamente, pidiéndole que despertara. Pero ella no respondió. No me veía, ni siquiera se había percatado de que yo estaba allí. Colapsé frente a ella, llorando, rogando, suplicando a los dioses que me la devolvieran, prometiéndoles —prometiéndole a ella— lo que fuera. Cualquier cosa. Permanecimos así por horas. Hasta que finalmente, sus ojos comenzaron a cerrarse, y el atemorizante vacío en ellos, desapareció ante la llamada del sueño. La tomé en brazos gentilmente y ella me pestañeo somnolienta, dejé escapar un titubeante suspiro, vi en sus ojos reconocimiento, pero la duda me carcomía. ¿Cuánto duraría esto? ¿Cuánto podría durar esto?

La respuesta llegó de Megumi y me golpeó con fuerza devastadora.

—Su cuerpo está sanando, pero su mente, su corazón, no...

Megumi me miró con pena, y su mirada tenía vagos rastros de reproches y remordimientos.

—Lo siento, Ken-san...

—¡Entonces has algo!

Megumi miró hacia otro lado, sus ojos llenándose de lágrimas.

—Si solamente pudiera...


Aún así, me rehusé a creer.

Me lancé a su habitación en un estado de desesperación, aturdido por el dolor y una amargura arrolladora. Su cuerpo está sanando, pero su mente, su corazón, no... Las palabras me perseguían, me molestaban, me impedían descansar.

Ella estaba despierta y me estaba mirando. Traté duramente de encontrar su mirada, pero la mía continuaba llenándose de lágrimas, y finalmente me rendí y lloré. Ella era todo lo que era, por un corazón que enfatizaba y sentía tan profundamente, por una mente que estaba tan viva, tan activa... Su cuerpo solo existía para darle forma concreta a sus pensamientos y sentimientos. Pero la esencia de su ser yacía completamente dentro de ella. Sin una mente, sin un corazón... ¿Cómo sobreviviría? ¿Cómo sobreviviría yo?

Llamó mi atención haciendo señales con su delicada mano. Yo la tomé desesperado, hambriento, como lo haría el hombre ahogándose en el furioso mar al ofrecerle algo a que sujetarse. Deslicé mis brazos alrededor de su cintura y escondí mi rostro en un femenino pecho, murmurando incoherentemente.

—Kenshin —pronunció gentilmente a la vez que con mi forzado movimiento se agitaron los sollozos apenas reprimidos.

—Kenshin, quiero mostrarte algo...

Me separé de ella lentamente y la miré fijamente a través de ojos oscurecidos de lágrimas. Ella me observaba calmada, sus ojos azules se mostraban claros, y recordé como lucían cuando la encontré esa mañana...

Forcé una sonrisa, pero esa acción se congeló cuando ella extendió la mano y colocó un dedo sobre mis labios.

—Por favor, no. Susurró. No más.

—¿Preferirías que llorara por ti? —respondí también en un susurro.

—Solo desearía que no te escondieras de mí, Kenshin —respondió.

Miré hacia otro lado, y su dedo se deslizó hacia mi mentón, girando mi rostro hacia ella hasta que finalmente encontré su mirada.

—Kenshin, quiero mostrarte algo —repitió. Se estiró y buscó bajo la almohada de su futon con movimientos torpes y titubeantes. Quise voltear de nuevo pero ella no me lo permitió. Sonrió y me ofreció su mano, sosteniendo un manojo de hojas.

—Mira —me dijo.

Mi mirada confundida se encontró con un montón de garabatos infantiles, completamente indescifrables. Pasé a la siguiente hoja, y a la siguiente, y a la siguiente... La escuché tomar un tembloroso respiro a mi lado.

—Ya no puedo escribir mi nombre, Kenshin —dijo ella en voz baja y con un eco de desesperación y frustración.

—Quise reasegurarme tanto que yo aún era "yo", que sin importar que pasara, nadie podría quitarme que y quien soy yo... —Suspiró—. Y todo lo que ves... es en lo que me he convertido.

—Pero... —Levanté la vista y ella encontró mi mirada, y sus labios se curvaron en una triste sonrisa.

—Me estoy perdiendo, ¿verdad, Kenshin? —me preguntó.

No pude responder, mis labios permanecieron inmóviles, mi mente tentada por respuestas, medias mentiras, por la verdad que ambos buscábamos. Por una verdad que ambos QUERIAMOS. No esta verdad que yacía ante nosotros. Nunca esta verdad.

—Estoy asustada, Kenshin —dijo suavemente.

Ese reconocimiento susurrado me apuñaló con dolorosa fuerza. En ese momento, la envolví en mis brazos silenciosamente. No más palabras... Solo esto... Solamente esto...

Pero ella volvió a hablar.

—Te amo.

La abracé más firmemente, cerrando los ojos, incapaz de responder mientras una oleada de emociones se apoderó de mi, alegría, tristeza, culpa, remordimiento, pesar. Un voto de amor tendría que ser el comienzo de algo especial y precioso, ¿no? El suyo sonó tan final. Casi como un adiós.

—Ahora no... —dije en voz baja.

—Tengo que decírtelo —murmuró, y sentí sus labios deslizándose hacia mi oído.

—Antes que lo olvide...

Y entonces su boca encontró la mía, y el tiempo pareció detenerse mientras los fragmentos esparcidos de palabras rotas y sueños olvidados se unieron en un tapiz rezurcido de alivio y creación. Y amables promesas.

—Prométeme algo, Kenshin —susurró contra mis labios.

—¿Sí? —respondí en un respiro—. Lo que sea. Te daré lo que sea.

—Prométeme que nunca me negaras la oportunidad de ser yo misma.

La alejé lentamente y las heladas manos del tiempo se movieron en respuesta.

—¿Qué?

—Prométemelo —dijo suavemente.

Aún si significara dejarla ir. Las palabras no pronunciadas revoloteaban en el aire como un espectro vengativo.

Sacudí la cabeza, y prácticamente le rogué con la mirada.

—No... por favor. Murmuré entrecortadamente.

—Prométemelo...

—No —dije bruscamente.

Ella suspiró profundamente. Por una fracción de segundo, ella miró hacia otro lado, y allí supe, con una enfermiza sensación en lo profundo de mi estómago, lo que ella iba a decir. Abrí la boca para hablar pero las palabras ya habían abandonado la de ella.

—¿Tú me amas? —preguntó lentamente y llena de lágrimas.

¿Cómo pudo preguntarme eso? Cuando sabía... La miré aturdido, asustado, queriendo gritar y romper todo por la situación a la que me había forzado. Si contestaba ahora... Si contestaba ahora... Pero ella me estaba observando, con los ojos brillantes por las lágrimas, suplicándome; y un recuerdo cruzó mi memoria. Ella estaba corriendo hacia mí y justo cuando estaba a punto de tomarla en mis brazos, ella me fue cruelmente arrebatada... No de nuevo... No podría soportar eso de nuevo. Y supe que si la rechazaba ahora...

—Sí... te amo —susurré roncamente.

Ella me sonrió y acarició mi mejilla. Yo le sonreí a través de las lágrimas. No había nada más que decir.

Su amor era su despedida.

El mío era mi promesa.

Mi mundo se cayó en pedazos de nuevo y esta vez supe que nada podría recomponerlo.


Desde ese momento en adelante, la observé devotamente, celosamente, con la feroz protección e intensa preocupación que una madre puede haber sentido por su pequeño. Con ese sentimiento posesivo y obsesivo de un joven amante atrapado por las garras de un amor no correspondido. Y la desesperación e impotencia de un hombre cuya última oportunidad de redención tranquilamente se escapa de su alcance.

Percibí las mudas críticas de los otros, los forzados silencios, el miedo detrás de las forzadas sonrisas. ¿De qué tenían miedo? ¿De que me hubiese vuelto loco? ¿De que la estuviera arrastrando conmigo por el camino de la autodestrucción?

Megumi me dijo que yo me estaba retrayendo hacia mi propio mundo, que estaba negando todo lo que había sucedido y que sucedería, que no la estaba ayudando en nada. Reí entonces, un pequeño sonido, un sonido de depresión. Quería estar enojado, resentirme contra ellos por interferir, pero, ¿quién podría culparlos? Se preocupaban profundamente por ella, querían lo mejor para ella, y sabía cuanto sufrían al verla de esa forma... Pero no entendieron que nadie podía lidiar con su sufrimiento o entender sus necesidades, sus deseos, todas sus cosas, o simplemente "sentir" por ella tanto como yo podía, porque todo lo que era ella, ahora lo soy yo. Porque la amo. ¿Qué mas podrían pedir como evidencia de mi cordura?

No puedo señalar con exactitud el momento en el cual ella dejo de ser el punto de unión, el centro, el eje de mi mundo, para convertirse en MI mundo, MI vida. Tal vez cuando me dijo que me amaba. No. Lo supe antes de que ella lo hiciera. Tal vez... Tal vez cuando sentí ese amor, su amor, alejándose lentamente de mí, como el débil rastro de un hermoso sueño revoloteando sobre la atormentada conciencia mientras permanece perpetuamente fuera de nuestro alcance. Pero lo he alcanzado, incapaz ahora de dejarlo ir, y he terminado sumergido en sus pensamientos, llenándome con ella, en la esperanza de que en los rotos fragmentos de su ser, su corazón permanece intacto. Libre.

Mientras pudiera aferrarme a esa esperanza, nunca me rendiría.

De modo que velé por ella. Aún cuando comenzó a caer más y más en un estado de medio somnolencia, medio delirio; atormentada por escalofríos por momentos, hirviendo en fiebre en otros. Aún cuando sus lapsos de memoria se convirtieron en algo aterrorizante por su incrementada frecuencia, o cuando vagaba por el dojo, incapaz por largos períodos de tiempo de encontrar su camino. Aún cuando desaparecía en el medio de las labores, simplemente para encontrarla acurrucada en algún lugar del dojo o en los campos cercanos, media desnuda, con los ojos salvajes, murmurando ininteligiblemente. Aún cuando dejó completamente de hablar y hubo de permanecer en su cuarto, contemplando el espacio, inmutable ante los gritos y llantos de Yahiko, a los ruegos de Megumi, a las rudas promesas de Sano. Aún cuando se rehusaba a ser tocada, rompiendo en gritos y salvajes huidas, alguien debía hacerlo. Cualquiera, incluido yo mismo.

Aún entonces.

Pero aún faltaba por llegar el suceso final.

Una noche fui despertado por gritos y llantos que provenían de su habitación, y el sonido sordo de un golpe contra el piso de madera. Instantáneamente salté de la cama, y salí hacia el corredor, corriendo hacia su cuarto. Abrí la puerta con gran fuerza, y con el corazón galopando, con miedo de lo pudiera encontrar. La vi tirada boca abajo en el suelo, gimiendo, con los puños golpeando la dura superficie en violentos estallidos. Corrí a su lado y gentilmente recogí su tembloroso cuerpo en mis brazos, agarrando sus manos entre las mías y apoyándola contra mí de manera que su espalda descansara contra mi pecho. Murmuré tranquilizadoras palabras en su oído mientras bajaba la cabeza para apoyarla contra la de ella. Se relajó contra mi y sus lloriqueos gradualmente se tornaron temblorosos suspiros. Sentí una corriente de energía llenarme con su cercanía. Esa era la intimidad que había tenido siempre con ella desde aquella noche cuando ella me dijo que me amaba... Una punzada de tristeza y pesar me golpeó cuando reviví el recuerdo. Si solo pudiera fingir...

—Kaoru —susurré.

Giró su cabeza y me miró, con sus ojos azules expectantes. La esperanza se agitó otra vez dentro de mi. La abracé frenéticamente. Creer. Debía creer. Ella aún estaba allí. De alguna manera.

—Kaoru —repetí.

Ella no respondió.

El primer débil roce de desesperación era enfermizo por su intensidad. Pensé que iba a vomitar al quedar como suspendido en la frontera entre la agonizante expectativa y la amarga derrota.

—Kaoru —la llamé roncamente.

No podía haberme abandonado. La había cuidado. Todo el tiempo. Y si se hubiera ido, lo habría sabido. No podía simplemente desaparecer, no sin decírmelo, no sin que yo le dijera "no". La observé. Ella continuaba incapaz de hablar, sus ojos permanecían en mí, con el familiar matiz azul brillando como el cristal bajo la luz de la luna. Busqué en ellos hambrientamente. Tratando de ver una chispa, una respuesta. Algo.

Pero ella no pronunció ni una palabra.

Y, esta vez no había ni rastro de reconocimiento.

Aferré mis esperanzas contra mi pecho, con miedo de que si perdía mi agarre, de alguna manera, se esparcirían en el aire como las hojas de otoño.

—Soy yo —sururré.

Lentamente, ella comenzó a mirar hacia otro lado. Tomé su mentón y giré su rostro hacia mi.

—Soy yo, Kenshin —dije con voz quebradiza.

—Vamos, dilo. Kenshin.

Ella retrocedió cuando apreté mi abrazo. Pero yo iba mas allá de cuidarla. Ella debía recordar.

—Kaoru, soy yo, Kenshin —dije más fuertemente.

—Kenshin, Kenshin, Kenshin.

Mi voz abandonó mis labios con la fuerza de una orden, la aspereza del odio, la súplica de un orador.

—Kenshin, Kenshin, Kenshin...

Se quejó en voz alta y vi lágrimas recorriendo su rostro como descoloridos riachuelos.

Ella estaba llorando de dolor.

Culpablemente, quite mi mano de su rostro. La observé llorar y levanté lentamente mi mano hacia el aire. Ella se tensó y luego se alejó de mí rápidamente, rompiendo con mi perdido abrazo. Antes de correr hacia el otro lado de la habitación. La dejé ir.

Cambié mi mirada, de ella a mi mano. Estaba temblando. Tomé un tembloroso respiro y suavemente la apoye contra mi rostro.

Para aliviar la misma tristeza que a ella la embargaba. También lloré.

De pena, como ella. De dolor, como ella. De desesperación, como ella.

De desesperación.

De pesar.

De desilusión.

Por ambos.

Ella no pudo recordar ni siquiera mi nombre.

La había perdido.

Tomé mi decisión.


Esa noche partí con ella.

Tengo el vago recuerdo de haber envuelto ropas y mantas en un saco, rápidamente, con las manos adormecida y aún temblando. Por la esperanza. Por el estremecimiento. Ahora no lo sé. Me recuerdo halagándola desde donde ella se sentó, con murmullos sin sentido, como el amo, reflexiono amargamente, lo hace con su mascota. Al principio, ella se alejó de mí y traté de ignorar el dolor que se disparó a través de mí por su acción. Estuve tentado a simplemente tomarla de donde estaba sentada, pero no quise arriesgarme a que me rechazara completamente. No hubiese podido lidiar con esa posibilidad. Así que seguí adelante, murmurando promesas, sueños, plegarias, amenazas. Ella me eludía, se rehusaba a ser tocada, a ser halagada, mientras vagaba por el cuarto gateando sobre sus manos y rodillas, como un niño asustado. Aún así, continué persiguiéndola obstinadamente. Finalmente, se rindió, cayendo fatigadamente sobre su futon, su boca fruncida y sus ojos azules nublados. Cuando me acerqué a ella, noté que estaba casi dormida. Silenciosamente, la envolví en una manta y observé como se acurrucaba en ella, feliz. Tomé el pesado saco y lo puse sobre mi hombro, y luego, delicadamente la tomé en mis brazos.

Tan liviana. Tan frágil.

Silenciosamente me deslicé a través de la puerta principal hacia el patio del frente. La bajé suavemente en los escalones del dojo, caminé hacia el portón y abrí el seguro sin hacer ruido. El portón se balanceó solo hasta abrirse. Casi como furtivamente, regresé hacia ella y, por un momento, permanecí inmóvil observando las sombras jugueteando sobre su rostro, resaltando su pálido rostro con el brillo de la luz de la luna. Lucía tan bien recostada en esos escalones, con la cabeza apoyada en el pilar principal, y su cabello mezclándose con la oscuridad detrás de ella. ¿Y por qué no? Ese era su hogar. Ella pertenecía a este lugar.

Pertenecía.

Pensé en la carta que dejé en mi cuarto, dirigida a Sano, Yahiko, Megumi, al maestro Genzai. A toda la gente que amaba. Y que me amaba.

Amaba.

Garabateada en ella había una corta despedida, firmada por mí, por ambos. Era tan abrupto, tan rápido, pero las largas despedidas, y lo sabía por experiencia propia, eran generalmente mucho más dolorosas. De esta forma era mejor. No daría lugar a agonizantes recriminaciones, ni tirantes sollozos, ni angustiantes arrepentimientos. Solo la herida de varios lazos desatados, rasgados con una ultimante precisión. Como el corte de una katana.

Qué irónico.

¿Me perdonarían? Tal vez no. Exhalé un tembloroso suspiro. Pero esperé que eventualmente pudieran entender que ningún castigo que ellos pudieran imponerme sería tan doloroso como el que yo mismo me estaba infligiendo.

Traición, llamarían mi pecado.

Y mi pecado me llamaba en tortuosas acusaciones.

¿Ella me perdonaría alguna vez?

¿Podría ella perdonarme alguna vez?

Tal vez era justo que mi castigo fuera saber que cuando yo traicioné a todos los que eran importantes para ella, cuando la arranqué de todo lo que conocía y amaba, cuando ingresé en su vida, el cielo me ayude, también la traicioné a ella.

Lentamente la tomé en mis brazos y caminé hacia el portón con el paso de un hombre anciano, un hombre condenado.

En el portón, giré con ella y observé el dojo intensamente, tratando de memorizar cada rasgo, cada forma, cada curva, así, de alguna forma, podría preservar para ella este último recuerdo de su hogar. De modo que si alguna vez quiere preguntar, si alguna vez —cierro mis ojos— regresara, sabría que tiene un lugar al que pudiera volver, de alguna forma.

Y tal vez, pensé anhelosamente, este recuerdo me sostendría a mi también. Un recordatorio de que en un punto de mi vida, tuve un lugar al que llamé hogar.

Giré, y, juntos, nos alejamos adentrándonos en la noche.


Estábamos en constante movimiento, fugitivos escondiéndose en el manto del anonimato. A la noche, nos encontrábamos durmiendo en chozas abandonadas o, algunas veces, en el frío abrigo de los bosques cercanos. Durante el día, continuábamos nuestro viaje hasta que alcanzábamos el siguiente pueblo o villa. Eramos un extraño espectáculo. La gente siempre nos miraba de forma escrutadora mientras murmuraban acerca del hombre de la horrorosa cicatriz en el rostro, y de la mujer vestida con un hermoso kimono amarillo, con los ojos del color del cielo. Sentí sus miradas, sus voces, atravesándome, desarmándome, y quise gritarles que nos dejaran en paz. Que me dejaran en paz. A ella nunca pareció importarle y, pensé, si a ella no le importa, por qué a mí? Supongo que más tarde me acostumbré a eso, y llegué a un punto en el cual ya ni siquiera los notaba. Finalmente, las abiertas miradas se convirtieron en disimuladas ojeadas, los fuertes murmullos se volvieron susurros inaudibles.

Me pregunté que habría pasado.

Un día, un hombre muy viejo se acercó a nosotros. Era pálido y demacrado, y sus ojos eran de un negro tan extrañamente traslúcido que cuando miré en ellos, sentí como si me ahogara en un frío y oscuro abismo. Sus manos temblaban; me preguntó, con voz quejumbrosa, si yo creía en las ilusiones. Estaba tan sorprendido que dije "sí". La palabra salió como el eco sordo de una tumba, extrañado de mis labios, cuando me di cuenta que esa era la primera vez que decía algo después de estos interminables momentos de soledad. Ella me miró entonces, desde las sombras de su silencioso vacío.

—Sí —repetí—. ¿Por qué pregunta? —enuncié cuidadosamente.

El viejo se encogió de hombros.

—Ella... —La señaló con su retorcida mano— Parece una.

"Como un fantasma. Como si ni siquiera debiera estar aquí. Como si se hubiera ido hace mucho tiempo.

Tuve un sobresalto, y se me resecó la boca. ¿Qué estaba diciendo?

—Pero tú —me dijo ásperamente—. Tú eres real.

—¿Cómo lo sabe? —susurré.

El me miró y vislumbré un destello de lástima y... ¿comprensión? en sus ojos.

—Solo las personas reales pueden crear ilusiones. Solo las personas reales pueden amarlas también. Sino cómo... —Sacudió su cabeza lentamente—. ¿Cómo podrían lucir tan reales?

Antes de que yo pusiera decir una palabra, el giró y se marchó.

Más tarde, me enteré que ese viejo hombre era un prisionero que había escapado, y que había matado a su hermano y a su esposa en un ataque de ira, y, según dicen, de celos, hace mucho tiempo. Recuerdo la peculiar inquietud que vi en el rostro del hombre, la vidriosa, intranquila e impronunciable tristeza en sus ojos. Me pregunté sobre sus sueños, o como pasaría sus caminatas. Me preguntaba si sus ilusiones lo acechaban también. ¿Lo asustarían? ¿Lo aterrarían? ¿Lo llenarían con recriminaciones acerca de lo que debía haber sido? ¿O habría eventualmente aprendido a vivir con ellas, aceptándolas como parte de su vida? Entonces pensé en Tomoe, y en todas las demás personas que habían caído presa de mis ilusiones. Y mi mente volvió al viejo. ¿Cómo haría para permanecer entero, para no quebrarse?

Unos días después, escuché que había cometido suicidio, y que lo encontraron colgando de las ramas del árbol que está a la estrada del pueblo, con la lengua hacia afuera, y sus ojos fijos en el horizonte.

Solo las ilusiones podrían llegar tan lejos.

Y entonces eventualmente te encuentran. Y te matan.

Te quiebran.

¿Cuándo llegaría mi final?

Observé mi inútil mano, esa que nunca más podría empuñar una espada y después la miré a ella, sentada serena al lado de la ventada de otra cabaña vacía. Ella debió haber sentido mi escrutinio porque lentamente giró su cabeza hacia mí. Los desvanecientes rayos del sol de la tarde parecían fluir hacia sus ojos de modo que destellaban un iridiscente azul. Como aguas calmas. Dejé salir un profundo respiro y una fugaz sensación de paz cayó sobre mí y le sonreí. De pronto, por un aterrador momento, la imagen de los ojos vacíos y tristes del viejo se apareció en mi línea de visión. Estuve a punto de sofocarme.

Ella es tu ilusión.

Y tu propia destrucción.

No pude verme en los ojos de ella.


El tiempo se estaba acabando.

Ahora sus ojos me seguían a todos lados en forma de distante reproche. En silenciosa acusación. En triste plegaria. Cada vez que la miraba, podía sentir la agudeza de su mirada apuñalándome como si fueran dos puntas de acero azul.

Salía de su mirada con el corazón galopando en mi pecho, con la garganta seca, y recordando las palabras de aquel viejo.

Ella se había ido hace mucho tiempo.

¿Habría regresado para espantarme?

¿Para hacerme cumplir mi promesa?

Aún no, quise gritarle. No mientras aún existiera una oportunidad. No mientras aún pudiera salvarte.

Ahora la gente me evitaba. Podía sentir el miedo tácito, la abrumadora revolución, debajo de su conducta cortés. De el hombre con la cicatriz, me había convertido en alguien casi inhumano para ellos. Como un monstruo en las garras de la oscura ira. Si solo supieran.

Yo había hecho un voto antes, que nunca más volvería a permitirme caer en otra red de engaños, mentiras y odio puro disfrazado con la capa de la bondad. Nunca más, me dije a mí mismo, sería usado por la oscuridad. Ya había sufrido demasiado. Había sido violado en mis principios, ideales, todo mi ser había sido retorcido para alcanzar fines que nunca habría perdonado voluntariamente.

Ahora los dioses me hubieran perdonado por esta estallido de regocijo que corría por mi ser al saber que esta vez, usaría esa oscuridad para servir a mis propios deseos.

Porque cuando la conocí, hice otro voto. Un voto al cual había jurado mantener aún a expensas del otro.

Por ella yo haría cualquier cosa.

Para regresarla de la prisión de su cuerpo, ningún acto era demasiado sucio o bajo. Yo haría CUAQUIER COSA.

Le compré ropa, cintas de seda, joyas. Y, Dios, se veía más hermosa que nunca. Cada día, la vestiría cuidadosamente, peinaría su cabello, la perfumaría con esencias, le diría cuan hermosa se veía, Y entonces rozaría sus labios con los míos y esperaría. Y esperaría, y esperaría. Por una respuesta que nunca llegó, a pesar de lo mucho que intenté escuchar. Entonces llegarían las lágrimas como hirvientes torrentes.

Todos los días lloré por ella.

La llevé a doctores, curanderos, sacerdotes. Me hubiera ofrecido a pagar cualquier precio. Cúrenla, eso era todo lo que pedía. Regrésenla conmigo.

Todos los días, me atrevía a soñar.

Pero entonces llegarían los lentos movimientos de cabeza, el sombrío pesar en sus rostros tallados en piedra, seguido por la única palabra a la cual había aprendido a temer.

No.

Giraría hacia ella entonces, y sentiría su respuesta flotando hacia mi como un embotado eco.

No.

Mañana sería otro día.


Nos encontraron.

No estaba sorprendido. Sospeché que no desperdiciarían su tiempo yendo tras nosotros. Tras "ella". Los vi una tarde en el mercado. Sano, Megumi y Yahiko. Estaban gesticulando ferozmente en el aire, agitando vívidas descripciones llenas de, fruncí mis labios, cicatrices y cabello rojo, y una joven muchacha de ojos azules, mientras conversaban en bajos murmullos con los dueños de los puestos, con una joven madre acosada en su viaje de compras, con los niños jugando en la calle. Se me oprimió el estómago cuando vi a Megumi ofrecer un puñado de dinero a una pareja de señoras bien vestidas quienes obviamente estaban observando desagradablemente su desteñido kimono; cuando Sano no dijo una palabra como contestación a los insultos y silbidos que surgían hacia él de un grupo de desaliñados jóvenes que vociferaban obscenidades contra ese "joven bastardo de Sagara-tachi", cuando Yahiko casi tropieza por el peso que cargaba sobre su joven espalda: un par de espadas —la de ella y la suya—, mi sakabatou.

Esto tenía que parar.

La expresión en sus rostros cuando me encontraron en la habitación que estaban ocupando en el pueblo era una mezcla se sobresalto, alivio, ira, y arrolladora desilusión. Suspiré y luché contra la urgencia de colapsar a sus pies, rebajarme por perdón, mientras una ráfaga de melancolía nació de meses de esperanzas salpicadas y el sofocante sufrimiento silencioso. "Ayúdenme", quise rogar. "Ayúdennos".

Fue Yahiko el que habló primero.

—Kenshin —murmuró roncamente, y yo retrocedí al escuchar el dolor desnudo en su voz.

—Sí —dije

Otro momento de silencio. Y entonces.

—¡¡¡Imbécil!!!

Sano me tomo rudamente y me levantó de donde yo estaba al lado de la ventana. No hice movimiento para resistirme.

—¡¿Qué demonios crees que estás haciendo?!

No respondí.

Me sacudió violentamente, a la vez que sus ojos se llenaban de lágrimas sin derramar. Miré hacia otro lado.

—¡¡Respóndeme, bastardo!! ¡¡Maldito seas!! ¿Tienes idea de lo que nos has hecho sufrir? ¡¿TIENES IDEA?!

A través de la ventana abierta pude ver el solo poniéndose sobre las montañas cercanas, como una llamarada de dorada y antigua luz. Cerré mis ojos, buscando capturar esta calidez y calma para mi mismo. Una ráfaga de brisa de la tarde se escurrió en la habitación, agitando mi cabello y mi ropa perezosamente. En total calma.

—¡¡KENSHIN!! —gritó Sano—. ¡¡¡CONTESTAME!!!

Abruptamente me lanzó contra la pared mas cercana y me deslicé hasta caer con un sordo golpe sobre el tatami.

—Maldito seas —me gritó sofocado.

—Maldito seas, confiamos en ti... ¿Cómo pudiste ser tan egoísta?

Maldito...

Se acercó y me tomó de nuevo, y su otra mano se cerró en un puño, listo para golpearse contra mi rostro. Esperé.

—¡¡Sano, detente!!

Megumi.

Sano se tensó ante la orden y entonces lentamente, su puño se relajó y el salvaje brillo de la ira abandonó sus ojos. Me dejó ir rápidamente, como alguien que hubiera tocado un montón de basura, y luego llevó su cabello hacia atrás con dedos temblorosos. Pero antes de que girara hacia el otro lado, vi una solitaria lágrima cruzar su mejilla.

—Sano —dije suavemente—. Debiste haberlo hecho.

Esta vez fue él el que no respondió.

—Ken-san.

La miré desde el lugar donde había caído. Megumi se acercó a mi; lucía vieja, ojerosa, sus ojos negros delineados con sombras. Todos lucían como si hubieran envejecido desmesuradamente desde que yo —nosotros— los dejamos. No. Eso no era correcto. Había empezado antes... Desde ese día. Me pregunto como pude mirarlos a la cara.

—Ken-san —repitió Megumi amargamente.

—¿Dónde está...? ¿Dónde esta Kaoru-chan?

Escuche un ahogado sollozo. Yahiko.

—¿Está viva?

Megumi dio otro paso hacia mí y se detuvo. Me mordí el labio cuando vi que estaba llorando. ¿Acaso las lágrimas nunca pararían?

—Ken-san —susurró Megumi, con una voz casi como un trémulo gemido.

—Por favor, dinos... ¿Aún está viva?

Miré otra vez hacia la ventana, buscando con la vista la puesta del sol.

—Sí.

Ella colapsó y cayó sobre sus rodillas frente a mi, sus manos estrujando los pliegues de su kimono con erráticos movimientos.

—¿Están...? ¿Están los dos bien?

No lo podría decir. No lo sabía.

Megumi sollozó suavemente. Pude escuchar el suave golpeteo de la caída de lágrimas en el piso, con creciente frecuencia. Tal vez ella sabía.

—¿Podemos verla? —preguntó tranquilamente, casi inaudible.

Negué con la cabeza.

Ella contuvo la respiración bruscamente.

—¿Por qué? —preguntó con desesperación.

Cuando no respondí, ella colocó una temblorosa mano sobre mi rodilla.

—Ken-san... Ken-san... Por favor, detén esto... Es suficiente... Ya has hecho suficiente... Regresa a casa con nosotros... Tu y Kaoru-chan...

—No podemos —susurré—. Aún no.

—Kenshin.

La voz de Yahiko flotó hacia mi. Sonaba tan triste, tan joven. Temblé cuando vi su rostro, marcado con las líneas de pesar y sufrimiento, delineado de profundo alivio por los últimos rayos de luz del sol.

¿Por qué él?

—Kenshin... —murmuró de nuevo, y no había acusación, ni ruegos, ni rastros de ira. Solo una simple pregunta.

—¿Por qué lo hiciste?

—Porque la amo.

Pausa.

—Y porque también te amo a ti —murmuré suavemente.

Las primeras sombras del crepúsculo descendieron dentro del cuarto.

—Pero no lo entiendes —dije.

Yahiko hizo una pausa y después caminó hacia mi, con paso pesado pero seguro.

Lo observé agacharse al lado de Megumi, mientras sus manos buscaban en su espalda. Mi Sakabatou y su bokken cayeron al suelo con un gran ruido. Suspiré.

—Consérvalas.

—No te preocupes, conservaré la tuya.

Respondió con sorprendente claridad. Me sonrió y mi aliento se trabó en mi garganta. Fue una pequeña sonrisa, llena de tristeza, pesar, recuerdos de lo que había sido y de lo que debería haber sido. Ligeramente, también le sonreí.

—Por favor, dale esta a ella —susurró lentamente al alcanzarme la espada de madera con sus temblorosas manos.

—Por mí...

La sonrisa abandonó mi rostro cuando las consecuencias de lo que él había dicho me golpeó de lleno en el pecho. "Tu volverás. Algún día. Pero ella... ella nunca regresará".

—No —reproché. El me miró inexpresivamente.

—Dásela tu mismo —dije en tono gentil—. Cuando la veas de nuevo.

—Oh, Kenshin... —dijo ahogadamente, y luego levantó mi Sakabatou y me la dio también.

—Entonces, para ustedes dos —murmuró con voz suspendida.

Sentí la caricia de una pequeña mano en mi mejilla y entonces ya se había ido, con suaves pasos golpeando el piso de madera del corredor en rápida sucesión.

Sano exhaló un profundo respiro antes de dirigirse rápidamente hacia la puerta aún abierta.

—Sano —le llamé—. Sano...

El se detuvo pero no giró a verme.

—¿Hay...? ¿Hay algo que quieras que yo le diga por ti? —pregunté laboriosamente, como un hombre ahorrándose abriendo la boca para poder respirar.

El suspiró al verme por encima de su hombro, con los ojos cubiertos de sombras.

—Solo que siempre pensaré en ella. Que yo rezaré por su tranquilidad y seguridad todos los días.

—Y.. ¿Y a mí? —continué débilmente.

Su rostro se suavizó.

—Kenshin, yo rezo por ambos.

Caminó hacia el corredor y cuando estaba a punto de cerrar la puerta, Megumi habló:

—Debemos regresar a casa.

El asintió

—Yo cuidaré de Yahiko.

Me miró. Abrió la boca como para decir algo más, miró a Megumi y después, sin una segunda mirada, se fue.

Megumi me observó por un largo momento. Esperé, preguntándome cuanto más podría yo soportar. Sano y Yahiko, de una u otra forma, habían dicho su propio adiós. Podía sentir a Megumi esforzándose por decir el de ella.

¿Cuándo llegaría mi turno?

—Estoy tratando se salvarla, Megumi —dije abruptamente.

—Pero no puedo... no puedo encontrar...

Ella suspiró.

—Ken-san...

Me detuve.

—Ya te lo dije antes... ella no está físicamente enferma.

Corrí la mirada de ella.

—Es su alma... Ken-san, no puedes... Simplemente no puedes unirla de nuevo como si fuera... —Hizo una pausa—. Un trozo roto de porcelana...

—Simplemente no es Kaoru, ¿sabes? —dijo ahogadamente—. No... no le hagas esto. No te hagas esto...

Permanecí con la mirada en el piso inmóvil. Sentí sus labios rozando mi mejilla como una húmeda caricia, escuché el roce de tela contra tela cuando se levantó rápidamente seguido por el sonido de ligeros pasos alejándose de mi.

—Espera —dije.

Megumi esperó.

Recogí la Sakabatou y el bokken en mis manos y se las ofrecí a ella.

—Por favor, toma esto y dáselas a Yahiko.

Escuché un inaudible y profundo suspiro, y supe que lo había entendido.

—Sigan.

Sentí, más que vi, su asentimiento. Tomó las espadas de mis manos con torpes movimientos.

Unos momentos después, la puerta se cerró.

Finalmente.

—Sayonara —susurré.

Las paredes de la ahora vacía habitación se mofaba de mi con su silencio.

Cuando regresé, mucho más tarde, supe que ellos habían pagado la cuenta y partido. El dueño de la posada dijo que habían estado muy calmados y amables. Y, no, ninguno de ellos estaba llevando espadas.


Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Que importa que mi amor no pudiera conservarla.
La noche está estrellada y ella no está conmigo.
Eso es todo. A lo lejos alguien canta,
Mi alma no se contenta con haberla perdido.
Como para acercarla a mí, mi mirada la busca.
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo...

Es tan corto el amor y tan largo el olvido.
Porque en noches como esta la tuve entre mis brazos
Mi alma no se contenta con haberla perdido.
Aunque este sea el último dolor que ella me causa,
y estos sean los últimos versos que yo le escribo.

Pablo Neruda.


Tuve un sueño esa noche.

Soñé que estaba de pie en medio de una polvorienta calle. Era de noche y la oscuridad me envolvía como una pesada y sofocante mortaja. Y aún así estaba peligrosamente vulnerable a los elementos los cuales se entramaban entre si.

Pude sentir el viento barriendo mi cabello y ropas en heladísimas ráfagas. Susurrando en mi oído una vacía y extrañamente seductiva invitación para unirme a su camino, para permitirme a mí mismo surcar el cielo en descuidado juego, y salvaje libertad.

Oh, para ser libre.

Aún en un sueño.

Por un momento me sentí tentado a responder. A decir sí.

¿Pero era esa otra canción de sirena?

Alguien estaba gritando mi nombre.

Me jaló de mi letargo y me vi consciente del creciente dolor de las punzadas del polvo, el cual era esparcido por el viento hacia mis ojos.

—Kenshin...

La voz era suave, gentil, y aún así, muy triste, casi como un reproche. Pestañeé dolorosamente, tratando de aclarar mi visión. ¿Quién eres?

—Kenshin...

El polvo era despiadado. Lancé mis brazos frente a mis ojos y me forcé a mí mismo a dar un paso adelante, a liberarme. Pero el viento me abrazó más fuerte, sofocándome, y sentí la noche deslizarse temerariamente.

—Oh, Kenshin... —La voz se quebró en mi nombre.

Tragué convulsivamente cuando una mezcla de sentimientos de culpa, y arrollador remordimiento cruzó a través de mí. Quise gritar, pero mi garganta dolía de una forma impresionante.

—Kenshin...

—Estoy aquí... —respondí apagadamente—. Estoy aquí...

Mis respiros llegaban en cortas y pesadas bocanadas y mi visión continuaba nublada. La noche había perdido su rostro sonriente para ser remplazada por una siniestra máscara de vacío. Traté de liberar mi mano, de romper y salir de esa prisión, pero no me pude mover. Enfurecí interiormente de angustia y pánico. No me pude mover.

—Kenshin...

—Estoy aquí...

Las lágrimas escaparon de mis ojos abiertos desmesuradamente, simplemente como trozos de cristal en un torbellino. De entre las sombras, mi vista captó la respuesta como si fuera una chispa de esparcida luz que se mezclaba conmigo. Esa voz. ¿También estaba llorando?

No. Cualquier cosa menos eso.

—Kenshin... —llamó más intensamente.

—Estoy aquí... —respondí con la misma intensidad.

Las palabras cayeron de mis labios, se dispersaron por el viento, y regresaron a mi con agonizante fuerza:

—¡¡¡Ayúdame!!!

Me heló, y la noche se calmó inmediatamente. De pronto el aire se sentía calmo, casi como si se alejara de mi tiernamente una cinta de seda, como las manos de un triste compañero renunciando a sus cadenas frente a mis ojos.

Y ahora quise correr tras él frenéticamente. Eso no era lo que yo quería.

La vi.

Estaba de pie frente a mí, sus perfectas manos extendidas en súplica, sus perfectos ojos colmados de lágrimas las cuales surcaban su perfecto rostro y humedecían sus perfectos labios.

Mi sueño.

Mi ilusión.

Giré hacia otro lado alejándome de sus inquisidoras manos. No quería tocarla. Hacerlo hubiera sido destruirla, de alguna forma mancharla.

Pero mi perfección me perseguía.

"Solo desearía que no te escondieras de mí, Kenshin."

Es que es solo cuando me escondo que puedo verte más claramente, ¿no lo entiendes?

"Me estoy perdiendo, ¿verdad, Kenshin?"

Pero tu nunca me perderás. Deja que eso sea suficiente. Por ambos.

"Prométeme que nunca me negaras la oportunidad de ser yo misma."

Las promesas pueden ser rotas.

Nunca te dejaría ir.

"Estoy asustada, Kenshin."

"Te amo."

"¿Tú me amas?"

Oh, Santo Dios.

Giré para enfrentarla pero ella se había ido.

El viento comenzó de nuevo.

De pronto me desperté sobresaltado y agitado, sudando febrilmente, luchando por un poco de aire. Tembloroso, me levanté, quitando mi cabello de mi rostro con un movimiento apresurado.

Me encaminé inquietamente hacia su cuarto, con mi corazón latiendo violentamente de miedo y anticipación. Abrí la puerta con temblorosas manos.

Ella había lucido tan real.

"Solo las personas reales pueden amar las ilusiones."

Pero su futon estaba vacío.

Me fui dentro de la habitación, con la visión nublada, y arañando la oscuridad frenéticamente.

¿Dónde estás?

Me tomé de la pared más cercana firmemente, esforzándome por ver en la oscuridad. La brisa flotó ligeramente, oliendo refrescantemente a sal, a mar, a la hermosa noche y las rompientes olas.

¿Dónde estás?

Me lancé a través de la ventana con un simple salto, apenas notando las afiladas piedras que atravesaron mis pies desnudos al aterrizar sobre el suelo.

Corrí a través de la oscuridad, por las calles desiertas, gritando su nombre.

Pero nada rompía la empalagante quietud. No había viento. Ni polvo. Ni la sobrecogedora noche.

Corrí más rápido, encaminándome hacia la playa más cercana, llamándola una y otra y otra vez como un animal desquiciado.

Fue entonces cuando la vi, iluminada como una estatua de alabastro, por la tenue luz de la luna, con un pie sobre el agua, la cual se sobreponía a la arena suavemente en gentil caricia. Casi podía escuchar sus suspiros, vi su rostro inclinado para encontrarse con el cielo, con las manos extendidas como lo hiciera en mi sueño.

Y en ese momento fue real para mí.

Desgarradoramente real.

Y las olas respondieron a su abrazo. Enredando sus líquidos brazos alrededor de su fina cintura, mientras la acercaba y apretaba más y más, con sus manos deslizándose hacia sus hombros, hacia su delicado cuello, como una extrañamente erótica danza de invitación y de entrega. Y entre todo eso, escuché sus susurros.

Sé libre.

Había escuchado esa llamada antes.

La escuchaba ahora.

Ella no respondería sola.

Caminé tras ella, mis pies hundiéndose en la húmeda arena, con las manos apretadas, y entonces yo también estaba siendo tragado por el mar, consumido por él como mostrándose como un oleaje de frío, que me heló hasta los huesos y de tremenda fuerza. Si solo pudiera alcanzarla...

Pero el agua presentaba un escudo impenetrable, y se burlaba de mí con sus ensordecedoras llamaradas de fuego azul.

Azul, el color de sus ojos.

Apreté los dientes. Me estiré, y la tomé por un hombro, tirando de ella hacia mí forzosamente. Pude sentirla forcejeando. Pude sentir las protestas del poderoso mar cuando traté de salvarla, pero no la dejaría ir.

Se lo había prometido, ¿verdad?

Y entonces su temblorosa figura llenaba mis brazos y me tomaba firmemente, bruscamente. Estaba tremendamente consciente de arrastrarla conmigo de vuelta a la orilla. Escuchaba sus lloriqueos cerca de mi oído, y sus manos se deslizaban sobre mis hombros y cuello.

Finalmente, nos detuvimos sobre la húmeda arena, y yo la sacudía, le gritaba en incoherentes estallidos de sonidos y lágrimas y vagas demandas. Ella no se resistió, solo me miró con una extraña tristeza en sus ojos.

Como lo hizo en mi sueño.

Fue como si hubiera succionado mi energía a través del vórtice de dos estanques de luminoso azul. Débilmente, colapsé contra ella, sollozando, murmurando disculpas, acurrucándola contra mí.

Fue entonces que habló, con vos apresurada y temblorosa.

—Kenshin... no soy yo... no soy yo...

Impactado, me separé de ella rápidamente, deslizando mis manos para tomar su rostro. Busqué en sus ojos desesperadamente, esforzándome por ver...

Me ahogué en un abrupto respiro cuando un parpadeo de... algo brilló en sus ojos. Oh, Dios... ¿puede ser?

Ella habló de nuevo.

—Recuerda... no soy yo... no soy yo...

Ella continuó repitiendo esas palabras una y otra y otra vez como un mantra reprimido en su conciencia por largo tiempo, como el deseo final de un alma moribunda luchando por el con toda la fuerza que le resta.

Me aferré a ella. El destino no podía ser tan cruel como para regresármela solo para que me dijera eso, ¿verdad? Nuestra reunión se suponía que sería un nuevo comienzo, una reafirmación de votos y de caricias perdidas a través de noches vacías y frías, de abandono y soledad. ¡No quería que regresara solo para escucharla decirme adiós otra vez! Y fue entonces cuando recordé la noche en la que me dijo que me amaba.

¿Era simplemente un preludio de esto?

De repente ella quedó en silencio. Ominosamente silenciosa.

Oh, sí. El destino fue cruel.

Hasta las despedidas debían ser tan cortas. Tan fugaces.

Con temblorosos dedos, levanté gentilmente su rostro hacia el mío otra vez, temeroso de la verdad que sabía que vería.

Nada.

La abracé más firmemente y ella permaneció como una flácida muñeca en mis brazos. Miré fijamente al mar sobre su hombro, y casi pude ver nuestros entrelazados reflejos en su límpido espejo.

Azul como sus ojos.

Nos hundimos juntos en la arena, hundiéndonos en nuestro propio abrazo, en nuestras propias profundidades, sujetos juntos por esos momentos robados, esos sentimientos robados, ese nosotros robado.


Aoki sora yo tawa wo utae.
O cielos azules, canción de eternidad.

—Towa no Marai—
RK Tema final de la película.


Lo que había dicho antes lo había dicho en serio.

Nunca la dejaría ir.

Y en esta, nuestra última aventura, la llevaría conmigo. Como ella siempre me había llevado con ella.

Nos habíamos separado hace mucho tiempo, lo reconozco ahora. Pero tal vez, solo tal vez, en alguna parte de este viaje, la encontraría.

Nos encontraríamos el uno con el otro.

Después de todo, de la inmortalidad provienen comienzos infinitos.

Solté su cintura y permanecí a su lado para tomar su mano en la mía. El mar se extendía ante nosotros como una expansión de belleza interminable. Completo. Inseparable.

Giré hacia ella, vi la ligera sonrisa que curvaba sus labios y sentí una fugaz punzada de contento.

Otro momento robado, tal vez. Tantos de esos. Quizá ese era mi crimen. Le sonreí. Amorosamente. Amargamente.

Una última sensación. Una última caricia. Un último beso. Bebí de ella lentamente, ávidamente, tristemente.

A tu salud, mi amor.

Un último susurro...

Y entonces estabamos pasando rápidamente a través de los cielos y los vientos y el sol, lanzándonos hacia abajo, abajo, abajo...

Refrescantes sombras. Adorado silencio.

Pude ahogarme en sus ojos.


Yahiko estaba sentado inmóvil en el suelo, con las rodillas cerca de su pecho, rodeadas firmemente por sus brazos. Megumi se sentó al lado de él, observando el arrugado papel de arroz que sostenía en su mano.

La brisa nocturna era tenue, casi tibia. Sanosuke, parado al lado de la puerta, la abrió ampliamente con un suave empujón.

El viento se aligeró un poco.

—El... el custodio de la posada... dijo que nadie los ha visto en los últimos días —dijo Megumi, con voz embotada.

Nadie contestó.

—Excepto por una pobre viuda que vive frente al mar con sus niños.

Yahiko se movió.

—¿Qué dijo ella? —preguntó Sano suavemente si siquiera mirar a Megumi.

—Solo que vio a un hombre con una cicatriz caminando por la orilla del mar una noche de luna hace unos dos o tres días. Una mujer estaba con él, sosteniendo su mano. Los observó por un largo momento pero después ellos desaparecieron —susurró Megumi.

—¿Solo así?

—Solo así. —Megumi alisó la carta suavemente.

—Ella nunca los vio de nuevo.

—Ella no dijo eso —cortó Yahiko observando intensamente al suelo.

Un suspiro fue su respuesta.

Yahiko continuó:

—Ella dijo... ella dijo que simplemente no estaba segura de lo que había visto.

La habitación se estaba helando.

Las puertas crujieron cuando Sano comenzó a cerrarlas.

—¿Cómo?

—Porque no parecían reales —murmuró Yahiko.

—Como si fueran fantasmas...

—La mujer tiene un historial de enfermedades mentales —susurró Megumi.

—Tal vez solo estaba imaginando cosas...

Sano cerró completamente las puertas. La oscuridad descendió dentro de la silenciosa habitación.

—Ilusiones —dijo él—. Eso es todo lo que eran.


Afuera, el viento aulló.

 

Fin

 

 
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Ultima actualización:  16/12/01