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Un Rurouni Para tus Pensamientos

un fanfic de Rurouni Kenshin
por Information Specialist

traducido al español por Azur

Rurouni Kenshin y personajes mencionados en este texto son Copyright © Nobuhiro Watsuki.


Capítulo 12: Nuevo Despertar


—¡Por favor! ¡No!

El desesperado grito del hombre finalmente permitió a Kenshin localizarlo. Saltando hacia el callejón, bloqueó el golpe de la espada antes de que alcanzara la cabeza del hombre. El asaltante fue empujado hacia atrás por el fuerte golpe de la sakabatou. Envainando su katana, le sonrió a Kenshin de manera amable.

—Tarde o temprano nos íbamos a encontrar, Battousai. Bajo otras circunstancias hubiese sido un placer.

Kenshin no prestó atención al uso que hizo de su antiguo título, y rápidamente lo arrinconó. El era alto, y sus cabellos largos hasta los hombros estaban atados flojamente. Sus ojos eran muy llamativos, revirtiéndose instantáneamente de fríos y crueles, a amigables y traviesos.

—¿Quién eres? ¿Por qué quieres matar a este hombre?

Los ojos del espadachín pestañaron y su sonrisa se volvió más amplia.

—No me digas que no escuchaste la última parte de nuestra conversación.

Kenshin no respondió y alistó rápidamente su espada.

—No importa. Yo tengo órdenes. Se supone que debo deshacerme de esta basura. Pero sé suficiente sobre ti, Himura-san, como para saber que tu no me lo permitirías.      

El asaltante miró al aterrorizado hombre en el suelo.

—La verdad es que tienes la suerte del diablo, Mikizo. Has sido salvado por el único hombre que querría matarte más que yo.

Mikizo palideció.

—Es cierto. Permíteme presentarte a Himura Kenshin. No necesito decirte que lo mejor para ti sería que mantuvieras tu sucia boca bien cerrada. Si no, él me ahorrará el problema de tener que matarte yo mismo.

Kenshin observó al tembloroso tipo que estaba en el suelo. Sorprendentemente, el hombre se mostraba aún más aterrorizado después de haber escuchado su nombre, Himura Kenshin, que cuando el título de Battousai fue mencionado. Kenshin volvió a mirar al espadachín con escrutadora mirada.

—Nos encontraremos de nuevo, Himura Battousai, y realmente lo estaré esperando —dijo él, retirándose hacia la oscuridad.


En Kyoto...

Una pequeña y lozana mujer de largo cabello miró sobre su hombro y rápidamente entró al burdel. Cubrió sus ojos para no ver el libidinoso espectáculo y con ligereza se dirigió hacia uno de los cuartos vacíos. Caminó hasta detrás de la cama, y encontró una tabla suelta, la cual sacó del camino. Avanzó por el bajo y estrecho pasaje que le conducía hasta la pequeña habitación secreta. Un hombre elegante y apuesto, sentado en un escritorio le sonrió complacido.

—Ah, Rei-san, ha pasado mucho tiempo desde la última vez que tuve el placer de tu compañía. ¿Cómo has estado?  —preguntó, levantándose para saludar a la bella que tenía frente a él.

—Hola, Morio. He tenido mejores días. Mi hermano salió de Kyoto la semana pasada. Quiero encontrarlo y seguirlo.

El hombre sonrió.

—Tu no eres del tipo celoso. ¿Acaso no confías en él?

Los ojos estrechos de Rei se volvieron meras líneas.

—Eso no es de tu incumbencia. Solo has lo que te he dicho. —Ella lanzó una bolsa de dinero sobre la mesa—. Hay dinero más que suficiente para cubrir tus gastos. Quiero a tu mejor hombre en el trabajo.

—Lo siento, él esta algo ocupado en este momento.

—¿Ocupado? ¿Haciendo qué?

—Eso realmente no te concierne, ¿verdad?

La mujer le contestó con una mirada.

—Eso pensé. Pero tengo un nuevo recluta que creo puede ser perfecto para el trabajo, si estás interesada.

Rei asintió ausentemente. ¿Qué puede ser tan importante que requiere que envíe a Shun?

—Muy bien. Quiero saber de cada movimiento que haga.

—Como tu desees. Ahora, ¿por qué no te sientas y cenas conmigo? Tal vez pueda convencerte de que tu y yo nacimos para estar juntos.

Su sonrisa fue tan encantadora que ella casi accedió.

—En otro momento, Morio. Tal vez, en la próxima vida —respondió mientras dejaba la habitación.

Morio sonrió. Podía imaginarse lo que Shun hubiera dicho de estar allí. En realidad no esperabas que ella aceptara, verdad? Por supuesto que no. Pero no le hacia daño a nadie al intentar y además le gustaba coquetear con ella.

Bajó la mirada hacia la carta que había recibido temprano de parte de su empleado de más confianza y amigo.

Encontré a Mikizo. Aún no está muerto, pero pronto lo estará. Parece que en gobierno ahora se está involucrando; Fujita Goro, o debo decir, Saitoh Jaime apareció, tal como lo predijiste. Visitó el dojo y habló con la chica. No sé que información le haya dado, pero no parecía muy complacido a la hora de irse. La chica huyó poco después de su visita. En este momento tengo a alguien siguiéndola. Ahora que he terminado aquí la seguiré yo mismo e intentaré descubrir cuales son sus intenciones. Hasta ahora, todo ha salido como fue planeado y estaré esperando nuevas instrucciones.

Shun.


Tsubame llegó a casa con Yahiko, la tarde después de la desaparición de Kaoru. El había trabajado con ahínco toda la mañana, y Tae lo envió a casa más temprano, diciéndole que se había ganado el tener un poco de tiempo libre. Cuando él protestó diciendo que no le importaba, y que prefería quedarse, ella envió a la joven mesera con él, y les dijo que fueran a divertirse. Hasta ahora, ninguno de los dos lo había logrado. La conversación en el camino había sido muy vaga.

—¿Así que Kaoru salió de viaje? —comentó Tsubame tímidamente.

—Mmm.

—¿Y no dijo a nadie a donde iba?

—Mmm.

—Bueno, estoy segura de que estará bien. Ella es una persona muy fuerte, puede manejar cualquier cosa.

—Mmm.

Ella es fuerte —pensó Yahiko—. Ella es muy fuerte, pero no puede manejar cualquier cosa.

Cuando llegaron al dojo Tsubame se detuvo incómodamente en el portón.

—¿Quieres entrar? —preguntó Yahiko esperanzadamente. Lo más probable era que el dojo estuviera vacío, y él no quería estar solo.

—Sí —contestó Tsubame, aliviada. Ella quería animar a Yahiko, aún cuando parecía que no lo estaba logrando. Pero él quería que ella se quedara, lo cual era una buena señal. Entraron al dojo juntos.


—Te lo ruego, por favor. No me preguntes. Por favor.

El hombre llamado Mikizo se encogió en el suelo. Sanosuke y Kenshin permanecieron de pie frente a él. Sanosuke estaba furioso, Kenshin frunció el ceño.

—Escucha, me estoy cansando de esto. Yo no tengo tanta paciencia como Kenshin, así que será mejor que hables.

—Kami-sama, no. No —respondió el hombre—. Me matarán. Ellos me matarán.

Y mirando a Kenshin agregó contestándole a Sano.

—El me matará.

Sano tomó al hombre por la camisa y lo levantó.

—Escúchame, tu maldito llorón, definitivamente voy a matarte si no comienzas a hablar —dijo amenazadoramente. El hombre permaneció en silencio por un momento más. Luego dejó salir un suspiro de fracaso, comenzó a hablar, pero fue interrumpido por un grito agudo. Sanosuke y Kenshin giraron. Tsubame estaba allí, con sus manos cubriendo su rostro en señal de alarma.

—Hey, Tsubame-chan, ¿qué pasa? —preguntó Sanosuke, aún sosteniendo al hombre por la camisa.

La joven cayó de rodillas, con los ojos fijos en el hombre que Sano sujetaba, mientras que las imágenes bloqueadas en su mente luchaban por escapar. Los ojos de Mikizo se abrieron enormemente de terror al verla. Yahiko se arrodilló al lado de ella.

—Yo... ¿quién es ese hombre?

—Tú... Tú eres la otra chica—. El rostro de Mikizo palideció.

—Tsubame-chan, ¿tú conoces a este hombre? —preguntó Kenshin gentilmente.

—Él... él... —dejó salir la chica en un suspiro, señalando a la figura frente a ella. Antes de que ella dejara salir otro respiro, el hombre se liberó del agarre de Sano, y se lanzó a los pies de la chica, sollozando.

—No. ¡No! ¡Te lo ruego! ¡Ten piedad, niña! Nunca me acerque a ti. ¡Traté de detenerlos, pero no escucharon! ¡Créeme, por favor! Traté, pero no había forma. No pude detenerlos. No pude...

Y se quebró, llorando tan fuerte que nada de lo que decía parecía tener sentido. Tsubame se alejó de él, apenas escuchando sus palabras mientras las aterrorizantes imágenes de esa noche cruzaban su mente como un relámpago.


—¡Hey! Hey! Aléjense de la chica. Se supone que debo regresarla en una pieza.

Mikizo cerró la boca cuando el más grande de los dos tipos lo miró.

—Solo recibimos órdenes de Morio-sama. Todo lo que dijo fue que atrapáramos a a la chica; nunca mencionó nada acerca de no divertirnos mientras lo hiciéramos.

—¡Deténganse! ¡Dejen en paz a Kaoru-san!

Los gritos de Tsubame cayeron en oídos sordos, mientras que el enorme hombre continuaba peleando con la joven, tratando de vencerla. El más bajo de los dos, sin embargo, levantó la mirada, deslizando su lengua sobre sus dientes mientras comenzaba a moverse hacia ella. Tsubame no sabía que le iba a hacer, pero sabía que no iba a gustarle. Él colocó sus manos sobre sus temblorosos hombros y sonrió sádicamente. De pronto, un par de labios aparecieron en su hombro. Sorprendido, él giró para ver quien era, cuando mordieron; los dientes se hundieron profundamente en su piel. Dejó salir un terrible aullido. Tratando de alejarse, él giró, pero su atacante giró con él. Tsubame apenas vio la sangre que corría por su cuello, pero estaba más atenta a cuan fuerte Kaoru había clavado sus mandíbulas en la garganta del hombre. Después de eso todo sucedió muy rápido.

-¡Corre, Tsubame-chan! ¡No te detengas y no mires atrás!

Tsubame vio como Kaoru clavó su bokken  profundamente en el estómago del hombre. Él se dobló de dolor. Las palabras de Kaoru la regresaron a sus sentidos y corrió lo más rápido que pudo. Ya había recorrido la mitad del camino a través de la oscura y larga calle cuando escuchó  un golpe. Seguido por un grito que le detuvo el corazón y la mente.

El grito paralizó a Tsubame. Escuchó otro golpe, seguido por un horrible chillido. Sus dientes castañetearon, giró y vio porque los gritos no cesaban. Los dos hombres estaban rodeando a Kaoru, golpeándola uno a la vez. Uno de ellos tenía un látigo que no dejaba de moverse, mientras que el otro la pateaba y golpeaba. Una y otra vez. Tsubame escuchó el látigo golpearla. Finalmente, los gritos de Kaoru murieron. Había sido lanzada por la fuerza del último latigazo contra uno de los edificios, donde la sangre que se escurría de sus ropas pintaron la pared. Ella se desvaneció contra ella y cayó pesadamente contra el suelo.


El repulsivo recuerdo golpeó a Tsubame con toda su fuerza, dejándola jadeando. Yahiko la tomó mientras que ella se desmayaba, a la vez que Kenshin rápidamente ordenó los hechos en su mente.

—Mikizo, has sido salvado por el único hombre que querría matarte más que yo...

La reacción de este hombre al escuchar esas palabras, al ver a Tsubame, y la forma en que reaccionó Tsubame-chan al verlo, no hay duda de ello. El estaba allí, él estuvo allí la noche en que Kaoru-dono fue atacada.


Fin del capítulo


 

 
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Ultima actualización:  16/12/01